| Flor del Páramo llamada "El corazón de Artinio". |
El frio viento congelante del inhóspito páramo comienza a inundar aun más si cabe cuando acaba el ultimo rayo de luz solar y comienza su periplo la dama Lunar con su manto oscuro como boca de lobo de las montañas y moteado de brillantes con luz blanca. Yo Artínio aquí solo en mi cabaña, preparo unas gachas de avena en una olla de hierro colado negra, encima de unas ramas de abedul que chisporrotean con cada lengua de fuego que nace de ellas. Busco mi pipa de madera de roble, recuerdo de un amigo carpintero que un día me tallo, con la intención de regalármela el día de mi boda y que todavía conservo esperando me dure hasta que mis días acaben. Jalaida mi mujer, era una mujer preciosa donde las hubiere, de piel blanca como las perlas que un día le vi al joyero y que nunca le pude regalar, de ojos grandes con el iris tan verde que acababa hipnotizado, cada vez que cruzábamos los ojos, que con solo un segundo de cruzar leve el corazón me latía, como el de un conejo asustado y sus senos propios de una Diosa griega que un buen escultor ha tallado en el pulido y blanco mármol. Tres inviernos hace que nos casamos y dos inviernos y medio hace que me falta, una cruel enfermedad, la apartó de mi lado para siempre, la apartó de mi lado y me apartó a mi del mundo, retirándome lo que me quede de existencia a las tierras del lobo blanco y el oso, al inhóspito, peligroso y solitario páramo. Cargo mi pipa con el tabaco picado que un buen montañés me trae cada mes, tabaco negro fuerte y con cuerpo, que a cada calada hace que la garganta se duerma, doy un par de vueltas a mis gachas de avena observando cómo se cuecen y de cada burbuja espesa que explota brota su vapor condensado, que solo de oler me alimenta. Me siento en mi mecedora de troncos a escuchar los gritos de dolor y angustia de los animales nocturnos que han caído presa de los cepos y lazos que ponen los tramperos en el páramo, gritos de tan profundo dolor, causado por el acero en patas y gargantas, que se asemejan, por no decir iguales a una persona que pasa por el mismo trance, gritos que aun a día de hoy me paralizan y me hielan, rogando a Dios que no estén en mi cabeza.
Fotografiá & texto Manu Cueva.
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