Le es difícil encontrar esa mujer
La que pueda sopesar sus pensamientos
Pero por avatares del destino
Tropieza con cientos
Y no es que el sea un Mandril
Loco, salido y enfermo
Si no más bien que tiene
El corazón marchito por dentro
La muerte, el olvido y la soledad
Hicieron mella en un brutal silencio
Pero
De sus actos todos suelen tomar nota
Amen, que una tristeza ignota, le hace desear
Estar muerto
Y aún así la ansiedad de vivir, lo reclama
y como si de una ducha diaria se tratase
Sale a la jungla para burlarse
De los monstruosos falsos arcángeles
Y las maltrechas Ateneas
En cuyas verdades ya les cuesta columpiarse
Con minutaros y ocelotes, se mide hasta el infinito
En los que suele salir con los hombros encogidos
Ya no puede curarse del veneno de los Austrias
Si no llega pronto su dama inexistente
Morena de ojos verdes
No tardará mucho el mar azul bravío
Pero intoxicado de aceite
En borrar a este desdichado humano
Al darle alcance
Para que le desgarre la última fibra del corazón indemne
La afilada guadaña de la muerte.
Poesía Manu Cueva.
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