martes, 11 de enero de 2011

Las casitas de campo y chalets.


Aquellas inolvidables casetas en el campo donde éramos pequeños y nuestros padres, tíos, primos, abuelos junto con los niños nos reuníamos a pasar una buena tarde al aire libre. Los mayores preparaban la comida incluso mataban un conejo, pollo o pato para la ocasión, mientras los niños jugábamos a la comba, hacíamos casitas o corríamos a pie o en bicicleta por los caminos sin asfaltar de tierra y piedras. Nos ensuciábamos, nos caíamos, nos hacíamos heridas que luego nuestras madres curaban con mercromina y alcohol, pero mejor no se podía pasar en el campo. Muchas veces asistíamos al milagro de la vida, como cuando por ejemplo paría una gata o un perro, un conejo o un pollito salía del cascarón y cazábamos insectos, estando en contacto con ellos y a la vez aprendiendo cuales eran menos inofensivos que otros. Por las acequias corría un agua clara y transparente en la que fletábamos barquitos hechos con palos y velas de papel incluso metíamos los pies y el cuerpo entero, pisando el suave musgo del fondo de la acequia con los pies descalzos. Cuando llovía incluso el barro nos parecía divertido porque lo amasábamos y dábamos forma de bolas o cubos y nos limpiábamos frotando los zapatos y las manos en la alta hierba y plantas. Así eran las antiguas pero inmejorables casetas en el campo.
Texto & fotografía Manu Cueva.

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