Le habían dado un premio hace tiempo y cada vez que lo
miraba se sentía orgulloso pero seguía preocupado porque no le llamaban de
ningún sitio para hacer entrevistas ni para dar su voz en la radio o en la tele
comarcal y eso que había escrito muchas cartas, el premio era de literatura y
ya estaba un poco harto de que la gente no le hiciera caso cada vez que escribía
algo.
Yabal fue como siempre al bar de la esquina a tomarse un
copazo y a lamentarse a disgustos con el camarero que siempre le daba la razón
y cuando acababa de soltarle el sermón además de apurar el último sorbo de su
copa se iba con paso flojo hacia su casa, pero esta vez un antiguo amigo le
esperaba.
¡Hola! ¿Qué tal Yabal?
Hombre Jacinto, cuanto tiempo, pues verás te acuerdas de
aquel premio que me dieron por una novela corta, ¿Te acuerdas de él? Fue apoteósico
todo el mundo aplaudió hasta no poder mas y después el banquete del final…
Pero hombre Yabal, fue el premio que da el típico político
de turno para quedar bien con la masa y hacerse la foto con el acto, ahí tú
fuiste meramente una presa más de la
codicia del afán de trepar socialmente de los políticos… ¿No me digas que aún
estas con eso? ¿Te puedo ayudar en algo? Te veo mal.
Yabal empezó a entrar en tensión su cara se quedó blanca y
después roja de furia para estallar luego en cólera con Jacinto.
¡Eres un hijo de puta! ¡Un grandísimo hijo de puta!
Y acto seguido se marchó ante la cara de asombro de su amigo
Jacinto pero una vez al llegar a casa empezó a destrozar los cuadros que habían
en la pared, para terminar cogiendo el premio y empezó a mirarlo lentamente
como hipnotizado.
¿Será verdad lo que ha dicho Jacinto? Debería romperlo en
mil pedazos, pensó Yabal, quería romperlo pero no podía era una gran muestra de
su talento pensó para sí mismo, quería romperlo pero no podía, quería
estrellarlo contra el suelo con todas sus fuerzas, estaba realmente enojado por
las palabras de Jacinto pero era lo único que tenía lo que él pensaba que era
un reconocimiento por saber escribir por ser escritor así que lo dejó en su
sitio y acto después se sentó en su sillón, se sirvió una gran copa de Whisky y
mirándolo se puso a llorar.
Relato Manu Cueva.
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